REFLEXIÓN:
Había
una vez un hombre que tenía un perro doberman
al quería convertir en campeón de campeones:
leyó mucho acerca de cómo criar a estos
animalitos y buscó a los mejores veterinarios
y criadores para que lo aconsejen en cuanto a su cuidado
y alimentación.
Cada
vez que había que darle sus jarabes y vitaminas
al perrito, el amo lo sujetaba entre sus piernas y
le habría la boca a la fuerza. Por supuesto
que el 90% del jarabe se iba al suelo.
El
amo sin embargo, no desmayaba en su afán por
hacerlo campeón, amaba mucho a su fiel compañero
y persistía en sus vitaminas a pesar de que
cada vez se hacia más violento el intento.
Un día el forcejeo fue tal que el frasco voló
por los aires y se estrello en el suelo, derramándose
su contenido.
De
pronto, ¡Oh sorpresa! El perrito empezó
a lamer con mucho agrado el tónico regado en
el piso.
El
buen hombre descubrió que no era lo que le
daban lo que rechazaba el perrito sino la forma de
suministrárselo.
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